¿Son creíbles las encuestas?

La respuesta es sí. No sólo son creíbles sino que son absolutamente certeras, siempre y cuando estén bien hechas. No tenemos ninguna razón para dudar de los encuestadores argentinos, que sin embargo podrían tener un sesgo favorable a quien ordena las encuestas. Pero el problema es que tienen las limitaciones de su propio método. Una de las críticas que algunos teóricos hacen a las encuestas (perdón por la falta de citas, pero no tengo a mano el libro al que hago referencia), es que los encuestadores hacen preguntas que muchas veces no les importan a los individuos y los obligan a tomar posición. ¿Todos tenemos alguna opinión realmente formada sobre la existencia de Dios, el aborto, la relación Estado-Religión, la edad de imputabilidad de menores, la estatización de las AFJP, los impuestos que debe pagar tal o cual sector de la economía? No. Pero cuando nos hacen una encuesta, y decidimos participar, nos obligamos a tomar posición.

Algo similar sucede con las elecciones. La mayoría de la gente no está todo el día pensando en la política partidaria. Es lógico que no tengan definido a quién van a votar e incluso tengan dudas sobre quiénes se presentan y para qué cargos. Por lo tanto, es casi imposible que una persona media -al ser consultada- pueda responder que votaría a Prat Gay o Heller, por la sencilla razón de que en su vida escuchó hablar de ellos. "¿Es paralítico? ¿Usa anteojos? ¿Es manco? ¿Trabajó en televisión?". No. "Entonces no los conozco". Así, la respuesta se orienta a las personas conocidas. A medida que la campaña avanza los ciudadanos pueden ir virando su posición, al entrar en conocimiento con algunos candidatos; sea por verlos en la tele, afiches callejeros o, simplemente, interesarse más porque se acercan los comicios.

En este marco, es probable que la mayoría de las encuestas se equivoquen. Nadie hoy expresaría su probable voto a favor de candidatos que no conoce. ¿Seguirán sin conocerlos cuando se acerquen las elecciones? Algo así pasó con Daniel Filmus, candidato por el Frente para la Victoria a Jefe de Gobierno porteño en 2007: antes de la elección nadie lo conocía, pero terminó saliendo segundo. Menem no necesitó de buenos candidatos para ganar en la Capital Federal en 1993.

Por lo tanto, está en los políticos dejar de mirar tanto las encuestas. Dejar de observar si mide o no mide, y evaluar la potencialidad de los candidatos desde otro lugar. En el momento oportuno, si el candidato es bueno, la gente terminará conociéndolo, aceptándolo y -eventualmente- votándolo.

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