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¿Cómo avanza el concepto de “antisionismo”?

Esta idea que levanta Clarín hoy (“No somos antisemitas, estamos contra el Estado terrorista de Israel y el sionismo“), no es exclusividad del gran diario argentino.

Crítica ya lo incorporó como línea editorial. Si bien el lunes publicó la noticia de los actos antisemitas, ya el martes en su tapa hablaba de

Y el viernes insistía con que “liberaron a tres de los antisionistas”. Veo como algo bastante peligroso que se empiecen a disociar los conceptos de antisemitismo y antisionismo; especialmente en un medio de circulación nacional.

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Antisemitismo y antisionismo

Foto: Diego Levy. Críticadigital.com
Foto: Diego Levy. Críticadigital.com

Alemania es para mí sinónimo de nazismo. Sé que todo eso pasó hace mucho pero no puedo evitarlo: su idioma, su acento, sus tradiciones me remiten inmediatamente a los seis millones de judíos muertos en la Shoá.

Estuve en contra de la guerra de Irak y de muchas políticas de Estados Unidos frente al mundo. Repudio las violaciones de los derechos humanos de la mayoría de los países árabes y veo con escozor las luchas tribales entre ciertos países de África.

No olvido que España fue la cuna de la Inquisición, ni la responsabilidad de la Iglesia Católica en distintos procesos de persecución contra el pueblo judío. No me olvido del genocidio armenio a manos de los turcos. Tampoco de las violaciones a los derechos humanos en la Argentina durante el Proceso ni de las matanzas indígenas que hicieron posible que este país exista.

Alemanes, estadounidenses, árabes, tribus africanas, españoles, católicos, turcos, argentinos fueron parte de distintos sucesos históricos que repudio. Pero nunca, jamás se me ocurriría ir a empañar el festejo de la independencia de ninguno de esos países. Reivindico el derecho de los alemanes y de los argentinos descendientes de alemanes de celebrar su identidad cultural: eso no los hace ni más genocidas ni menos argentinos. Como respeto su derecho a festejar, demás está decir que no iría con palos y capucha a agredirlos y enturbiar sus fiestas.

El pasado 17 de mayo un grupo de militantes del Movimiento Teresa Rodríguez ingresó a un acto de celebración del día de la independencia de Israel a hacer destrozos y agredir a los presentes, que en su mayoría eran ancianos y niños. La excusa fue que “Israel es un estado represor y genocida, que cercena los derechos humanos de los palestinos”.

Podríamos discutir días enteros sobre si eso es verdad o no. Pero no me interesa hacerlo en estas líneas. Por un instante vamos a suponer que fuera así. ¿Por qué ir a hacer un progrom en el acto que la comunidad judía argentina organiza para celebrar la existencia de un país que representa parte de su identidad cultural?

Esto tiene un solo nombre: antisemitismo. El discurso de estos grupos intenta modificar las palabras; intentan decir que es “antisionismo”, como si eso significara algo. Podemos estar en contra de las políticas del gobierno de Israel o del gobierno alemán durante el nazismo o del de Argentina. Pero no se ven en el mundo marchas antialemanas o antiargentinas. Tampoco veo a nadie pidiendo la desaparición de los Estados Unidos. Ser antisionista implica exigir de manera explícita la disolución de Israel como país, algo que no se le reclama a ningún otro país del mundo, sin importar cuántas violaciones a los derechos humanos cometa.

“No somos antisemitas, estamos contra el Estado terrorista de Israel y el sionismo”, dijo en su defensa uno de los referentes del grupo antisemita. Ser antisionista es negar la posibilidad de que el pueblo judío tenga su tierra y su patria, que en definitiva es la garantía de su existencia como pueblo. Existencia que fue negada sistemáticamente hasta la creación del Estado. Por eso, es importante que llamemos a las cosas por su nombre. Una cosa es estar en contra del gobierno israelí; otra, es el antisionismo, que no es más que antisemitismo disfrazado e intolerancia políticamente correcta.